jueves, 19 de julio de 2007


Esmea se sumergió en el agua fría con un grácil movimiento, sus bellos cabellos surcaban su espalda como un oscuro río mientras que avanzaba rápido como una sirena bajo la superficie del mar. A unos pocos metros de distancia de Ierdo, apareció de nuevo su bronceado cuerpo por encima de las bajas olas adornado con gotas que reflejaban la tenue luz de la luna.
Ierdo le sonrió sin poder evitarlo y desapareció bajo las aguas para aparecer segundos más tarde al lado de su amiga. Ya en frente de ella, sus manos se movieron solas deslizándose tímidas desde el cuello asta la cintura de aquella estilizada figura. Esmea dirigió hacia él una mirada cargada de ternura y, dando el efecto de ser esta la causa, se levantó en ese instante una brisa suave que envolvió a ambos en la fragancia del mar y de la noche.
Se quedaron mirándose a los ojos, rebosaban felicidad y nerviosismo, sus cabezas se acercaron lentamente, casi sentían los suaves labios del otro cuando una ola los envolvió y los tiró al suelo.
Cualquier observador inexperto hubiese dicho que aquella masa de agua había roto toda la belleza y la magia del momento, puesto que ahora se encontraban tumbados a la orilla del mar, llenos de arena y desorientados; pero para ellos no había cambiado nada.
Se levantaron entre risas y se limpiaron con agua las arenas, ninguno se atrevía a decir nada.
Ierdo sonriente bajó de forma oblicua su brazo mientras hacía una especie de reverencia ofreciéndole su mano, Esmea la aceptó sonrojada y dejando escapar una dulce risa. Caminaron por la orilla, notando el agua ir y venir en sus pies, oliendo el relajante aroma a mar, andaban callados escuchando el ruido de las olas al batir contra la playa, pensaban y a la vez eran incapaces de saber en que, era un silencio estupendo.
Subieron por una gran roca que se adentraba en el agua, Ierdo que conocía ese peñasco como las palmas de sus manos de tanto jugar en el de pequeño, la guiaba indicándole con sus pasos dónde debía pisar. Llegaron hasta el final, en él parecía haber dos asientos esculpidos en la superficie rocosa, se sentaron despacio y dejaron sus piernas colgando en el aire.
-Esto no puede ser real- dejó escapar con una voz llena de fascinación Ierdo y reuniendo acopio de todo su valor soltó- Si te soy sincero, he sido incapaz de olvidarte en todos estos años. No espero que al decir esto tú digas lo mismo respecto a mí. Pero es lo que tenía en la cabeza y tenía que decirlo, ya sabes lo que digo siempre, las cosas buenas que sentimos no tendrían que guardarse como si nunca hubiesen existido…
-Si, ya se – aclaró Esmea acompañando las palabras con una sincera sonrisa cargada de nostalgia – También sabes lo que me cuesta quitarme esa coraza invisible que rodea mi corazón, pero una vez más lo has conseguido y ya no me cuesta tanto admitir que yo tampoco he dejado de pensar en ti.
Se quedaron los dos callados, escalofríos y hormigueos recorrieron sus cuerpos mientras que el ruido del imponente mar se oía ahora como un murmullo lejano, tapado por el sonido fuerte y rápido de los latidos de ambos.
-Pero…-las palabras no quisieron salir de la boca del chico- yo pensaba que tu habías conseguidos pasar página
-Nunca te he olvidado, si sabes que me encantas, ¿Cómo iba a olvidar a mi genio loco?- dijo Esmea mientras apoyaba su mano con delicadeza sobre la de Ierdo y jugaba con sus dedos.
- ¿Cómo te iba a olvidar yo a ti, a mi sabia sirena? Es que sin ti, no se que soy… Dios esto me parece un sueño, es demasiado bueno para ser cierto…
-Pues no lo es y no sabes cuanto me alegro de ello- afirmo Esmea rebosante de felicidad mientras que sus ojos inmóviles brillaban con amor.
Ierdo no pudo esperar más, con un suave movimiento acercó su cabeza a la de ella, al menor contacto reconoció ese sabor en sus labios al que tanto había añorado.
Se fundieron en un dulce beso, mientras que se abrazaban con fuerza para que nada ni nadie los pudiese volver a separar. Estaban tan cerca física como psicológicamente que ya no sabían donde acababa uno y empezaba otro, esto hacía correr por sus venas una gran corriente de felicidad. Ya nada malo podría pasar, para ellos todo era perfecto tal y como estaba y sabían que, juntos por fin, ya nada los podría alejar al uno del otro.
Esmea desató de su cuello el collar de caracolas que llevaba y lo dejó caer en la mano de Ierdo.
-Es tuyo, las recogí solo para ti; pero al final no pude dártelo en su momento.

De repente, Ierdo no pudo ver nada, solo había oscuridad. Por un momento, pensó que se iba a desmayar; pero desgraciadamente lo que sucedía era que estaba despierto, solo había sido un sueño. Lo único que hizo fue llorar de dolor, mientras que se giraba sobre si mismo, dejando así su rostro y sus lágrimas ocultos por la almoada.

Posted by Esteban at 14:40

7 destello(s) de luciérnaga