viernes, 27 de julio de 2007

Los zapatos oscuros de Ezer rompían el silencio al golpear el empedrado suelo a cada zancada del muchacho. Su rostro pálido y redondo ahora se tornaba rojizo y sofocado, acompañado de una mirada llena de infantil miedo; su claro cabello, antes bien peinado, se encontraba revuelto por culpa del viento y por los bruscos movimientos que hacía al correr; lo único que todavía indicaba que pertenecía a una familia adinerada era su vestimenta que se mantenía intacta e impecable.
Corría atravesando las calles sin rumbo fijo, su única intención era alejarse, irse a un lugar en el que su familia no lo pudiese encontrar. Todo ello era porque, esa noche, el practicante llegaría a su casa para pincharle, como ya había hecho veces atrás, y él se había negado por completo a volver a sufrir aquel punzante dolor que producía el metal al penetrar en su carne. Sabía que le castigarían duramente, pero en ese momento el pánico había vencido a la razón.
Ya empezaba a anochecer, Ezer supuso que ya se encontraba muy lejos, puesto que los altos edificios se habían quedado atrás hace tiempo para ceder el paisaje a grandes campos verdes y a alguna que otra casa hortelana. En ese momento, empezó a darse cuenta de lo que había hecho, se había alejado demasiado, tanto, que no sabía como regresar.
Desolado, decidió que lo mejor era pedirle ayuda a algún adulto y no quedarse llorando en la calle como haría un bebé, que ya estaba harto que le tratasen como si fuera más pequeño de lo que era sólo por ser un niño miedoso; pero él sabía que, al verlo tan bien vestido, cualquier labrador pediría a sus padres una generosa recompensa por llevarlo con ellos, por lo que debía encontrar a alguien que tuviese el suficiente dinero como para no aprovecharse de la situación.
Se fijo en las casas más cercanas en busca de alguna con apariencia más lujosa, al final en lo alto de una colina encontró lo que deseaba cuando vio una imponente mansión victoriana. Abandonó el camino de piedras y se adentró en la alta hierba para llegar antes hasta ella. Avanzaba a paso lento, la pendiente le dificultaba todavía más las cosas y, aún por encima, soplaba un frío viento que le calaba hasta los huesos y producía silbidos fantasmagóricos al deslizarse entre las copas deshojadas de los árboles.
Por fin llegó a lo alto de aquel montículo, no se detuvo apenas un segundo para fijarse en la majestuosa casa y fue directo, ya más animado, hasta las grandes escaleras de mármol blanco que se derramaban desde el gran portalón de madera de roble. Subió inquieto por aquella pétrea cascada, mientras intentaba calmarse a si mismo diciéndose que pronto vería desaparecer en el horizonte todo aquello, mientras se alejaba tranquilo en el confortable asiento del bentley azul marino de su padre.
Al llegar a la puerta principal, no vio ningún timbre eléctrico, por lo que alargó su brazo para agarrar el llamador de oro macizo con la típica forma de mano, pero antes de golpearlo con fuerza contra la robusta madera, un grito de mujer proveniente de dentro lo detuvo en el acto.
Ezer conmocionado abrió bien los ojos, respiro lentamente y afinó los oídos, tratando de no hacer ruido alguno para no ser descubierto, y así poder escuchar mejor cualquier sonido producido en el interior de la casa. Unos segundos después, consiguió percibir otro grito, esta vez más ahogado, que parecía que venía del sótano.
Su cabeza se vio atacada por dos ideas opuestas, una de investigar que era lo que pasaba y otra de marcharse corriendo, la curiosidad y el miedo iniciaron una rápida contienda y que, para su sorpresa, esta vez salió victoriosa la siempre vencida por el pavor, la curiosidad.
Se giró sobre si mismo para, acto seguido, bajar lo más rápido que sus piernas le permitieron la elegante escalera. Corrió, olvidando su cansancio gracias a la emoción que le envolvía, y bordeó la casa en busca de alguna posible ventana a ras de suelo que pudiese tener la estancia subterránea de la cual provenían aquellos agónicos gritos.
En el primer lateral que revisó halló lo que buscaba, pero ya era tener demasiada suerte puesto que cuando se agachó en la hierba para mirar a través de ella, observó con desilusión su cara reflejada, ya que alguien había colocado un espejo dentro que impedía ver lo que ocurría en la habitación.
Sin pararse a perder más tiempo, se apresuró a bordear la mansión. Cuando había recorrido todo el perímetro de la vivienda, no sabía ya que hacer; había encontrado tres ventanas más como la que había visto, pero todas ellas tapadas por una lamina de espejo, que lo único que le permitieron ver fueron sus rasgos saturados de decepción una vez tras otra.
Estaba empezando a oscurecer y como no había más casas ricas en los alrededores, decidió buscar un sitio donde pasar la noche. Ya después de haber estado tanto tiempo en los terrenos de la lujosa casa, sin que nadie saliese de ella para llamarle la atención que sería lo normal, optó por quedarse en ellos y acurrucarse debajo de unas grandes hortensias, que le ocultarían y le protegerían un poco a lo largo de la noche.
Quizás por el sumo cansancio que experimentaba por todo el cuerpo o quizás porque quería olvidarse de la aterradora realidad, pero por una cosa o por otra, el caso fue que Ezer se zambulló en el mundo de los sueños unos minutos después de haberse agazapado en su escondrijo.
Unas horas más tarde, en medio de la oscuridad, el ulular de un cernícalo lo despertaba sobresaltado. Ya no se acordaba de lo que había pasado, poco a poco fue recordando la amarga situación en la que se encontraba. Sin querer desperezarse, se giró sobre su cuerpo, dejando su cabeza en dirección a la gran vivienda. Abrió de nuevo los ojos para contemplar, antes de volver a dormirse, aquella misteriosa mansión. Los cerró de nuevo tranquilo, aún asimilando la imagen que había visto, para volverlos a abrir de inmediato. Había visto bien, por las pequeñas ventanas que había inspeccionado a la tarde, ahora se escapaban grandes haces de luz. La excitación se apoderó de su cuerpo de la misma forma que lo hubiese hecho una gran descarga eléctrica, sabía lo que significaba que la luz del cuarto se escapase a través de los espejos hacia la penumbra del exterior.
Posted by Esteban at 4:24