viernes, 7 de septiembre de 2007


Todo empezó aquella oscura noche del 22 de septiembre. Recuerdo que había salido con mis amigos con la esperanza de bailar en cualquier lugar en el que sonase algo de música, tomar algún que otro refresco y reírnos con nuestras tonterías y payasadas.
Se levantó un gélido e impetuoso viento que tiró por los suelos el esfuerzo que mis amigas habían dedicado en elaborar sus complejos y, para mi gusto demasiado innovadores, peinados; mientras descendíamos todos en procesión por la acera de la calle Madreselva en dirección al Esfinge.
Poco antes de llegar allí, nos ordenamos de forma específica con la intención de facilitar nuestro acceso, puesto que algunos de los que íbamos no disponíamos de la edad necesaria. Nerviosos e intentando aparentar mayores, atravesamos la puerta de entrada, sin ser interceptados por ninguno de los bípedos gorilas que custodiaban la entrada y sentenciaban quien podría pasar una noche entre risas, música y bailes y quien se tendría que quedar en la fría y aburrida calle, sin más compañía que la de las austeras farolas y las fantasmales fachadas.
Ya tranquilos dentro, empezaron casuales conversaciones y algunos se acercaron a la barra a pedir algo. Yo me acerqué con ellos a pasos marcados al ritmo de la música, esto es una cosa que no puedo evitar, suene la canción que suene siempre acabo andando a su son. Me encontraba algo soñoliento, por lo que a gritos conseguí pedirle a la sexy camarera una bebida que contuviese cafeína y taurina, ya que no tenían las marcas conocidas. Cuando volvimos a donde estaban los demás, empezamos a bailar en la típica formación en corro. Había poca gente esa noche en el Esfinge y además éramos un grupo llamativo, cada uno tenía un estilo para moverse muy personal, tanto que por separado podríamos resultar ridículos; pero, en conjunto, creábamos una armoniosa y acompasada imagen.
Sonaron decenas de canciones mientras nosotros nos divertíamos al compás de la música y nuestras carcajadas quedaban amortiguadas en el aire, ya lleno de vibraciones más potentes.
Empecé a sentirme demasiado acalorado y me costaba respirar allí dentro; ya que, con las horas, el local se había ido llenado de gente y, por lo tanto, también del molesto humo que desprendían los cigarrillos que parte de esa masa humana portaban y movían por el aire como si fuesen espadas y ellos estuviesen disputando un complejo duelo de esgrima. Pregunte gritando, puesto que sino sería imposible que me oyeran, si alguien quería acompañarme a fuera a respirar un poco de aire fresco, fue tan útil como no haberlo hecho, puesto que el efecto embriagador del alcohol o el adictivo del baile o bien ambos a la vez debían hacerles olvidar la humareda y el calor.
Con actitud indiferente y comprensiva hacia su negativa, me dirigí hacia la salida, de nuevo al ritmo de la música. Pasé, despreocupado ahora, entre los dos porteros y llegué a la calle. Seguía soplando aquel fuerte viento, llené mi pecho con una gran bocanada de aire fresco y frío. A pesar de su temperatura daba gusto respirar el aire limpio y sin humo.
Con una nueva sensación de bienestar y tras unos minutos fuera, decidí volver a aquel mundo de luces, movimientos y sonidos. Pero, cuando estaba atravesando el marco de la puerta por la que había salido, alguien me agarró por la camiseta, me giré sorprendido y vi que quien me había retenido era uno de esos armarios-humanos.
- ¿hay algún problema?- pregunté sin dejarme intimidar, mientras mis ojos seguían, cargados de ofensa, a aquella garra que me había aprisionado hace unos segundos y que ahora se alejaba.
- Ninguno, salvo que no puedes entrar aquí si no me enseñas tu carne de identidad.- decretó con una voz grave y con un tono burlón.
- No lo he traído, pero yo ya estaba dentro, simplemente salí a tomar el aire- objeté malhumorado por la situación.
- Yo no recuerdo tu cara. No trates de engañarme. Sino tienes el carné, vete de aquí.- pronunció desafiante y sus ojos se llenaron de regocijo al ver mi rostro lleno de ira
Consternado, pensando que deberían cuñar a las personas que salen para que puedan volver a entrar y sin saber que hacer para solucionar ese contratiempo, me fui a sentar a un viejo portal que estaba en la acera de enfrente. Dudaba entre esperar a que mis amigos saliesen a buscarme o irme para mi casa y descansar. No quería irme a dormir tan pronto, pero me asustaba pensar cuanto tiempo tardarían en preocuparse por mi ausencia, estando sumidos en ese trace de entretenimiento. Seguía molesto y aun encima me estaba poniendo de los nervios la farola que iluminaba mis cercanías, debido a que no dejaba de iluminar de forma intermitente. Al final, se apagó. Pensé que era lo que me faltaba y que parecía que la mala suerte se había encaprichado conmigo esa noche, estaba tan molesto que esa insignificancia había sido la gota que había colmad el vaso.
De pronto e interrumpiendo mi estado colérico, vi un pequeña destello amarillo-verdosa a mi lado, me acerque a el para observarlo mejor. Era una luciérnaga, me sorprendió mucho haber encontrado a aquel coleóptero en medio de la ciudad; pero me alegré por ello, mirar serenamente su frágil luz consiguió hacerme olvidar todo mi malestar y con toda la delicadeza que pude, la cogí,la apoyé suavemente en mi mano y en ella apagó su luz.

Posted by Esteban at 4:37

3 destello(s) de luciérnaga