sábado, 1 de septiembre de 2007


Me ha pasado alguna vez que mis palabras se rompen en pedazos cuando intentan salir de mi boca y no les da tiempo ni a respirar un poco de aire fresco antes de desintegrarse.
Ellas nacen en las nimbadas aguas de mi cabeza y maduran hasta conseguir encerrar su significado claustrofóbicamente en esa pandilla de símbolos que son las palabras de los lenguajes humanos.
Luego se deslizan por mi sistema nervioso a gran velocidad, este es en uno de los momentos en los que más felices son; solo se dejan llevar, sin saber a donde van ni cuando llegarán, pero conscientes de que pronto cumplirán su misión.
Pero, en ocasiones especiales, cuando llegan vibrantes corriendo a través de mi garganta, se dan cuenta de que esos símbolos no consiguen encerrar los intensos significados que ellas portan y se inmolan nada más ver la luz del sol, dejando con su muerte una estela invisible de polvo que crea un silencio único. Un silencio que dice más que infinitos símbolos juntos, un silencio en el que el significado se convierte obligatoriamente en una realidad, un silencio que se merece más que cualquier otro sustantivo el adjetivo mágico e indescriptible y es tal ese silencio, que solo se puede describir y pronunciar adecuadamente con otro silencio de ese tipo.
Todo el mundo conoce ese silencio, aunque ahora puede ser que no caigáis en la cuenta de que es, puesto que esta llamado con símbolos que no son capaces de encerrar ni por asomo su significado, ese silencio es de las pocas formas directas que tiene el amor de pronunciarse y encerrarse durante momento en el mundo físico.

Una vez, solamente una vez, ya lo ves
Una vez te perdí, una vez te seguí
Una vez, y dos, y tres.

Posted by Esteban at 8:26

2 destello(s) de luciérnaga