lunes, 29 de octubre de 2007


Me acuerdo de aquel 29 de octubre del 2007, como si fuera hoy. El día comenzó como otro más de la de la eterna rutina: me di un corto baño, me aseé, me vestí, desayuné y colgué sobre mis hombros una vez más la pesada mochila llena de saberes mal encerrados en papales.
Al salir a la calle, me sorprendió ver tantos espíritus esa mañana, hacía tiempo que no pasaba una manada tan grande y espesa por aquí. Recuerdo que uno de ellos, rompiendo los protocolos, se paró y habló conmigo.
- Hoy he visto tu rostro en las pupilas de una muchacha.
Se me escapó una exclamación de alegría que me impidió contestarle momentaneamente y se apoderó de mi el impulso, que conseguí controlar, de besar aquel etéreo rostro por darme tan buena noticia.
Concentré todo en un:
- Gracias por decírmelo.
El espíritu, después de hacer un leve gesto con la cabeza, se unió de nuevo a la brumosa manada. y desapareció entre la blancura.
Me pareció sensato asegurarme de que la nimbada marea venía en la dirección en la que estaba su casa. Del este, sí, tiene que ser ella.
Inconscientemente mis pasos fueron haciéndose más largos y los movimientos de mis piernas más rápidos, quería verla ya, no fuera a ser todo un sueño y llegase la hora despertar.
En cuanto me di cuenta ya había llegado a el aula. Ella estaba allí.
Mi corazón se puso nervioso y empezó a bombear de una forma alarmante, tal que temí que pudieran escucharlo mis compañeros o ,todavía peor, ella. Ella estaba allí al lado, brillando con luz propia, hablando y riéndose, inconsciente de mi presencia, mientras yo me quedaba embelesado mirándola desde la entrada.
Giró sobre sus pies y me pilló de pleno. Me sonrojé. Se sonrojó. Nuestros ojos nos delataron, ella supo con certeza que todo las palabras que había escrito escondiendo a su destinatario tenían su nombre bordado y yo supe, ya sin ser por boca de un fantasma, que ella también me amaba.
Rompimos aquel contacto visual y fingimos que no sabíamos nada durante toda la mañana; pero recuerdo la felicidad que sentí cuando, entre los papeles de mi mochila, encontré aquella nota tuya escrita a bolígrafo morado. No era un poema, ni era una historia, ni era una canción; sin embargo me encantó aquel te quiero y esa esperanza que me diste cuando escribiste: hablamos mañana.

Era tal el candor, que desprendía al volar
que la Luna no, no dejaba de llorar,
no dejaba de llorar.
Un día la luna lloraba al mirar como a la estrella la querían más.
Eran sus ojos capaces de amar, por eso la Luna la quería apagar.

Posted by Esteban at 11:35

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