sábado, 24 de noviembre de 2007


Había una vez un joven planeta en una galaxia no muy lejana. No era un planeta muy grade, ni quizás tampoco fuera el que vestía colores más vistosos, pero su núcleo estaba lleno de una cosa que no tantos planetas tenían, estaba compuesto de sueños.
El pequeño planeta desde que había nacido, tan sólo hace 17 millones de años, soñaba con tener una estrella, el también quería tener su Sol. Se pasaba el tiempo intentando ver si alguna de esas luces, que veía en la lejanía, se estaba acercando.
Un día, como por arte de magia, vio cumplido su deseo. Cerca de él, se hallaba una brillante estrella azul. No parecía mucho mayor que él y el joven planeta estimó que habría nacido en una nebulosa cercana pocos millones de años antes que él.
Pronto, hablaban como si se conociesen de siempre y al planeta le encantaba el calor que le hacía sentir en la piel, además de que se quedaba siempre maravillado mirando su hermosa luz.
En un momento del tiempo, el planeta descubrió que se había enamorado y de él se apoderó una fuerza misteriosa que le hizo girar al rededor de su estrella. Había puntos en su órbita en los que pasaba muy cerca de su sol y justo, en el perihelio, este le dijo al oído que sentía también ese amor por él.
El planeta se puso tan feliz que hasta empezó también a girar sobre si mismo. Apareció así su día y su noche y poco después también surgió de vida y la belleza. En su rostro nacieron grandes mares llenos de multitud de seres y extensos y verdes bosques llenos de flores silvestres.
Para el sol y el planeta todo era perfecto. Y así lo fue durante un tiempo.
Sin embargo, esto no pudo durar para siempre. Y el helio de la estrella se empezó a acabar con tanto brillar y llegó el momento en el que sus explosiones nucleares no fueron capaces de contener a la fuerza de la gravedad y se desplomó sobre si misma. La gran estrella, sin poder hacer nada para evitarlo, murió.
Su cadáver se convirtió en un punto tan denso, que ni el te quiero luminoso que le había gritado en el último segundo a su querido planeta pudo escapar de su nuevo campo gravitatorio.
El planeta tampoco se pudo despedir y en toda su superficie empezó a llover, como nunca había llovido en él. No quería creer lo que había sucedido, no podía aceptarlo. Volvía a estar en la oscuridad, pero todavía seguía girando al rededor de donde había estado su querido sol. Sin la luz, sin el amor de su estrella, toda su vida se apagó como se apaga una vela si le soplas. Contempló impotente como morían sus bosques, sus criaturas y con ello, su belleza, su vida.

Y ahora, su núcleo sólo sueña con el impacto de algún gran asteroide y así, por fin, poder reunirse con su sol, con su amada estrella.



Siempre quise ir a L.A.
dejar un día esta ciudad.
Cruzar el mar en tu compañía.

Pero ya hace tiempo que me has dejado,
y probablemente me habrás olvidado.
No sé que aventuras correré sin ti.

Y ahora estoy aquí sentado
en un viejo Cadillac de segunda mano
junto al Mervellé, a mis pies mi ciudad
y hace un momento que me ha dejado,
aquí en la ladera del Tibidabo,
la última rubia que vino a probar
el asiento de atrás.

Quizás el "martini" me ha hecho recordar
nena, ¨por qué no volviste a llamar?
Creí que podía olvidarte sin más
y aún a ratos, ya ves.

Y al irse la rubia me he sentido extraño,
me he quedado solo, fumando un cigarro,
quizás he pensado, nostalgia de ti
y desde esta curva donde estoy parado
me he sorprendido mirando a tu barrio,
y me han atrapado luces de ciudad.

El amanecer me sorprenderá
dormido, borracho en el Cadillac,
junto a las palmeras luce solitario
y dice la gente que ahora eres formal
y yo aquí borracho en el Cadillac
bajo las palmeras luce solitario.
Y no estás tú, nena.

Posted by Esteban at 15:22

2 destello(s) de luciérnaga